Todo en la vida puede empeorar (estudiando a Beckett).

Actualizado: sep 10

Salí de darme un baño. Era mi primer día libre desde hacía semanas, aunque mi ánimo no había amanecido muy diferente al del resto de los días anteriores. Me había pasado media hora sentada al borde de la tina esperando a que saliera un poco de agua de la regadera y maldiciendo a los “hombres trabajando” que llevaban días perforando las cañerías frente a mi casa, pero por fin había logrado refrescarme en pleno mayo y  sacudirme los estragos de la primavera que todavía me carcomían la cabeza.


Apenas envuelta en la toalla, me fui directo a abrir las cortinas de mi vestidor de par en par  ¿cuál sería la valiente falda que me acompañaría con dignidad a esquivar el día? Mi mirada recorría mis prendas que -cabe decirlo- maniáticamente cuelgo ordenadamente por color. Pasé mis ojos por la sección de blancos y algo me pareció inusual. Enfoqué mi mirada ¿dónde están mis lentes? Descubrí una delgada línea roja en movimiento que atravesaba toda el área.


 Los cincuenta años en que las paredes de mi casa han soportado temblores, lluvias, vientos huracanados; no pudieron detener a las hormigas que ese día las traspasaron en una labor que sólo ellas saben cuanto tiempo les tomó. Cientos de hormigas marchaban felices explorando su nuevo palacete árabe, marcando en su propio calendario de invasiones, el gran día de “Pasamos al otro lado”. Mi segunda reacción al verlas fue correr por el spray insecticida, ya que la primera fue gritar, pero ello no logró espantarlas ni tantito.


 Reconocí de inmediato  -según mis conocimientos adquiridos en Ants y Bug´s Life – a hormigas obreras, guerreras y voladoras. En su tiempo, Woody Allen había contribuido a mi simpatía con los bichos, incluso creía que en verdad, era posible que murieran ahogadas por ríos de agua, como en dichas películas, pero nada que ver, me di cuenta que el cine miente y que yo tenía que detenerlas de otra forma. Usar el insecticida sobre mi ropa no era opción, era claro que estaba en desventaja, las montoneras me tenían maniatada; rociarlas no sería suficiente y el precio a pagar sería manchar toda mi ropa, y no, no lograrían desquiciarme de tal forma.


 Sé reconocer una emergencia cuando la veo. Tenía que ser más inteligente que ellas y para empezar,  tenía que vestirme. Por más cuerpo a cuerpo que fuera a ser la lucha, no podía quedarme en pelotas ¿Pero qué ponerme si todo estaba ahí? Sin prejuicios me fui al bote de la ropa sucia, ahí encontré no digamos lo necesario pero si lo suficiente para salvar la dignidad. Ellas me superaban en número pero yo en tamaño, ellas con su milenaria y probada perseverancia y yo, con el deber de ser la representante del género humano en un enfrentamiento donde no podía más que sacar la casta y demostrarles que además del pulgar, tenemos otras cosas por las cuales somos superiores a ellas y a muchos otros de la cadena alimenticia. “A ver quién se cansa primero”.


 Había que pensar rápido, a su velocidad podían invadir toda la casa en cuestión de minutos, no había tiempo de contemplaciones. Me fui al closet trasero abriéndolo con una patada (la patada a bien no hacía falta pero creí que la ocasión lo ameritaba) Saqué mi súper aspiradora de piso y le conecté la manguera más larga que encontré, me la enrollé en la cintura y me fui a mi vestidor. Mi dedo se posesionó del poder del “ON” y lo aplastó sin un sólo remordimiento. El aire succionador arrasó con el camino rojo, casi escuchaba sus gritos. Por un momento me vi a mí misma con los ojos desorbitados, con el arma encendida y con una risa maquiavélica de clarito y sonoro “Já Já Já”. Todos tenemos un asesino dentro.


 La faena de limpieza duró 7 horas. Aspiré pieza por pieza. Algunas hormigas se aferraban a los tejidos desafiando el poder del aire y mi nivel mental. Mi espalda empezó a quejarse. Mi moral bajaba. “Pero que mala suerte, estas cosas me pasan solo a mí en un día libre” Me puse de malas- “¡Que desperdicio de día!” “Me hubiera podido ir de paseo, hubiera podido terminar el libro de Beckett, hubiera podido escribir el ensayo sobre su poética que...” , “¡Qué dichoso hubiera sido este día si no fuera por...”


 Escuché entonces un tronido en mi cabeza como cuando te cae el veinte de que has comprendido por la vía de lo vivido, lo que una línea leída te dejó pensando. Paré de rezongar y recordé las líneas de Samuel: “El hombre, en lo único que puede perfeccionarse es en el fracaso, en fracasar cada vez mejor. Todo en la vida tiende a empeorar, cuando al fin logramos algo que quisimos, no nos satisface, pues fueron los deseos del hombre de ayer”

 

El fatalismo de Beckett en pensar que el mañana será siempre peor, me parecía algo extremo; aunque también me había hecho pensar que bien pudiera ser que esta negrura del futuro realmente significara un optimismo disfrazado por el presente. Si el mañana será peor que hoy, entonces el hoy es lo mejor que tenemos. Esto último es un concepto fuera de moda, lo sé. Siempre lo mejor vendrá después “Tiempos mejores” como diría Yuri desde los ochentas; pero bien es cierto que la tardanza de la llegada de ese futuro ideal, nos provoca angustias y ansiedades que nos martirizan el hoy. Lo bueno no llega, cuando logramos lo de ayer, ya no nos pertenece, fue el deseo del que fuimos ayer. Entonces ¿lo impredecible del presente podría poseer la cualidad de lo insuperable?

 Viéndome ahí, ridículamente poseída por el espíritu chocarrero de un oso hormiguero, en una faena que pocos me creerían real, dilucidé que el estudio de Beckett me había hecho llegar a un buen punto.


 Pudo haber sido peor. La invasión de hormigas pudo no haber sido precisamente ese día libre; o bien hubiera podido bañarme a tiempo e ido de casa temprano, estrenando una falda y creyendo haber empezado un buen día. Pero al volver, al final de la jornada, hubiera encontrado mi casa devorada por las hormigas, con la única posibilidad de incendiarla completamente para acabar con ellas. O bien, los minúsculos insectos rojos hubieran podido filtrarse por la noche, y antes de mi despertar, atravesar el vestidor, llegar a mi cama, treparse por sus patas y devorarme viva. O bien, aún dormida, subirme en peso y transportarme hasta la calle como le pasó al último vástago de los Buendía al final de Cien años de Soledad. Y es que esas cosas sí pasan de verdad. 


 Pensar en el irremediable empeoramiento de las cosas, me hizo sentir afortunada, en el mejor panorama del día, así, con la ropa sucia, torturada por mi espalda, cansada a morir, con conato de deshidratación y con los pies picados y rojos. Mejor que intelectualizar a Beckett en un ensayo, pero sí inspirada por sus palabras, seguí gustosa aspirando hormigas, regodeándome en una nueva -para mí- satisfacción por el  presente.


[Y luego llegó el 2020, y encontré que más aún, Beckett tenía razón]


Bárbara Colio.


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© Bárbara Colio. 2020

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