El día que escribí Humedad

Actualizado: ago 28


Esa foto es de octubre de 2014, en Galicia, y estaba harta de la lluvia. 2014 fue un año que llovió en todos los sitios donde estuve. En ese octubre, estaba trabajando con una compañía de teatro gallega en Ourense, y todas las tardes llovía. Luego me moví a Santiago, y ahí todo el día llovía. Probabilidad de lluvia 100%. Eso no es una probabilidad, es una sentencia. Llegó el día en que todos mis circuitos se mojaron de más, me rendí, me guarecí en el pórtico de la Iglesia de Santiago de Compostela, aventé mi paraguas, es eso azul que se alcanza a ver en la foto. Aquí me quedaré hasta que pare de llover. No sucedió. Los peregrinos me rodeaban como zombis, admiraban el moho verde de las piedras bajo sus impermeables de plástico de 5 euros. Peregrinos, oigan, el moho no es admirable, ¿porque caminaron hasta acá? -pregunté a varios-, y todos me respondían lo mismo: "tenía que hacerlo". Vaya, ¿porqué tienes que mojarte tanto para ver a un santo?


Por la noche de ese día de octubre, decidí volver a salir, quedarme en el pequeño hostal mi última noche en España antes de irme a Portugal, le vendría muy mal a mi creciente psicosis, así que salí a la calle sin paraguas -estaba hasta la madre de cargar paraguas-, caminaré sin rumbo, me mojaré hasta que me deshaga, con esta fina e infinita lluvia que te cae en el rostro como alfileres. Mi mal humor me hizo pasar de largo algunos buenos bares donde pude haberme refugiado, pero no, preferí entrar a un supermercado a comprar nada, solo a seguir rumiando por dentro mi hartazgo por la lluvia entre sus pasillos anodinos; y fue ahí que sucedió, de pronto me sorprendí a mí misma: de pie, estática, con gotas de agua escurriendo de mi nariz y con un deseo ferviente de comprar esa maravillosa lavadora- secadora roja que estaba frente a mí, la metería a mi hostal, metería mi ropa para que estuviera limpia y seca, me metería yo misma para estar seca. Limpia y seca.


Desperté de mi trance e hice lo que cualquier mujer sabia haría en esa situación, di la media vuelta, salí de la tienda y me fui a aquel bar que había visto a mi paso a pedir unos pinchos y un vino de la región, ese que dicen solo sabe bien por la humedad del lugar. Saqué de mi bolso mi cuaderno, algo húmedo, le pedí prestado un bolígrafo al mesero y ahí escribí la primera escena de Humedad. Ahí, con un bolígrafo prestado, esa semilla de historia que hacía tiempo rondaba por alguna parte de mi cuerpo -sobre el deseo, la piel propia, la piel del otro- germinó voluptuosa, sí, gracias a tanta lluvia y a todo lo que pasó en aquel mojado viaje por Galicia y Portugal, de las personas que conocí, de los puentes que crucé, de lo que hoy recuerdo como uno de los mejores viajes que he hecho. Todo esta ahí, en el texto. Está la  lluvia, los santos, los peregrinos, la fe, el moho, el hostal, el vino albariño, el río Minho, el puente de piedra, los viajes en coche, el ruso, el portugués, la fotógrafa, la portera, y por supuesto, la roja lavadora-secadora de ropa.

De regreso a México, seguí escribiendo Humedad solo en días de lluvia, es en serio. La terminé en el 2015. Las obras cobran su vida propia, y la rebelde Humedad quiso volver a donde nació, se estrenó por primera vez en terreno portugués, en otro idioma distinto al que la escribí, en plena Semana Santa y bajo la lluvia. Hoy, mayo de 2019, en una entrevista de cara a su estreno en México, dije "espero que el día de su estreno, llueva, será un buen augurio" Y ahí está, el cielo truena, escucho el murmullo del público listo para entrar al teatro, los veo desde aquí, desde el bar, donde escribo esto, a mi lado, dentro de la bolsa que me acompañará a su estreno en el Teatro Helénico, traigo ese mismo paraguas azul. Llueve. Y por ello escribo de ella.

HUMEDAD. De Bárbara Colio. Teatro Helénico. Mayo 24, 2019. Con Irene Azuela, Pedro de Tavira, Dirección de Matías Gorlero.

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© Bárbara Colio. 2020

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