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El día que escribí Humedad


Esta foto es de octubre de 2014, en Santiago de Compostela, harta de la lluvia.


El 2014 fue un año en que llovió en todos los sitios donde estuve. En ese octubre, trabajaba con una compañía de teatro gallega en Ourense, y me hospedada en un acogedor hostal en el Centro. Cada mañana salía a correr por el río Minho, comía y bebía fabulosamente a medio día, y al final del café, abría el paraguas, infaliblemente, todas las tardes empezaba a llover a la misma hora. Caminaba bajo la lluvia a dar mis clases y por la noches me arrullaba entre el agua. Mis días eran: río, vino, lluvia, en ese orden. Luego me moví a Santiago del Compostela a ver la función de un grupo español que traía CUERDAS en cartelera desde hacia buen rato, pero ahí, todo el día llovía. Probabilidad de lluvia 100%. Eso no era una probabilidad, era una sentencia.


En Santiago, las nubes no daban concesión, toda hora caía agua del cielo, hasta que llegó el momento en que mis circuitos se mojaron de más, echaron chispas y me rendí, renuncié a conocer más de la ciudad brincando charcos, me guarecí en el pórtico de la Catedral, aventé mi paraguas, (es eso azul que se alcanza a ver en la foto) me crucé de brazos y me dije aquí me voy a quedar hasta que pare de llover. No sucedió. Al contrario, me rodeó otra lluvia, la de los peregrinos del camino De Santiago que no paraban de llegar, cual invasión zombi, admirando el moho verde de las piedras bajo sus impermeables de plástico de 5 euros. Peregrinos, oigan, el moho no es admirable, díganme la verdad ¿porqué caminaron hasta acá? -pregunté a varios-, y todos me respondían lo mismo: "Tenía que hacerlo". Vaya, ¿porqué tienes que mojarte tanto para ver a un santo?


Por la noche de ese mismo día de octubre, preparaba mi maleta, al día siguiente me movería a Portugal, pero no podía avanzar, toda mi ropa estaba húmeda, ni siquiera la pijama estaba seca. Por mi ventana solo veía lluvia y más peregrinos-zombis. Necesito salir de esta área o me convertiré en uno de ellos. Decidí volver a salir a la calle y alejarme de la zona peregrina, esa iba a ser mi última noche en España y quedarme en el hostal rumiando mi hartazgo por la humedad le vendría muy mal a mi creciente psicosis, así que salí a la calle y sin paraguas -estaba hasta la madre de cargar paraguas- total, ya no me puedo mojar más, caminé sin rumbo. Me mojaré hasta que me deshaga, con esta fina e infinita lluvia que te cae en el rostro como puntas de alfiler.


Mi mal humor me hizo pasar de largo un buen bar donde pude haberme refugiado, pero no, en mi muina, preferí entrar a un supermercado a comprar nada, sí, a un insulso lugar lleno de cosas, a recorrer sus pasillos anodinos viendo al piso, no quiero más. Y fue ahí que sucedió, de pronto, me encontré a mí misma de pie, estática, con gotas de agua escurriendo por mi nariz y con un deseo ferviente de comprar esa maravillosa lavadora- secadora roja que estaba hipnóticamente frente a mí; la metería a mi hostal, metería mi ropa en ella para que estuviera limpia y seca, me metería yo misma para estar seca. Limpia y seca. Habitar el calientito vientre de esa lavadora-secadora roja tan roja, era todo lo que deseaba.


Desperté de mi trance e hice lo que cualquier mujer sabia haría en esa situación: di la media vuelta y me fui directamente a aquel bar que había visto a mi paso. Pedí una copa del vino, ese que dicen solo se da en esa región gracias a la humedad del lugar. Saqué de mi bolso mi cuaderno, hojas algo húmedas, le pedí prestado su bolígrafo al mesero y ahí escribí la primera escena de Humedad. Ahí, con un bolígrafo prestado, esa semilla de obra que hacía tiempo rondaba por alguna parte de mi cuerpo -sobre el deseo, la piel propia, la piel del otro- germinó voluptuosa, sí, germinó gracias a tanta lluvia y a todo lo que me pasó en aquel mojado viaje por Galicia y Portugal, de las personas que conocí, de los puentes que crucé, de lo que hoy recuerdo como uno de los mejores viajes que he hecho. Todo esta ahí, en el texto: está la  lluvia, los santos, los peregrinos, la fe, el moho, el hostal, el deseo, el vino albariño, el río Minho, el puente de piedra, los viajes en coche, el ruso, el portugués, la fotógrafa, la portera, y por supuesto, la fabulosa roja lavadora-secadora de ropa.

De regreso a México, seguí escribiendo Humedad solo en días de lluvia, es en serio. La terminé en el 2015. Mis obras suelen cobrar vida propia y tomar sus propias decisiones, así que la rebelde Humedad quiso volver a donde nació y se estrenó fuera de México, en otro idioma distinto al que la escribí, en un idioma que yo no hablo (se burla de mí) pero eso sí, me llevó con ella. En 2018 se estrenó en plena Semana Santa rodeada de peregrinaciones en la ciudad de Braga, en Portugal, y durante toda la función, la lluvia golpeó con fuerza el techo del teatro.


Hoy, mayo de 2019, en una entrevista que me hicieron de cara a su estreno en México, dije "espero que el día de su estreno aquí, llueva, será un buen augurio" Y ahí está, el cielo truena, escucho el murmullo del público que entre paraguas, está listo para entrar al teatro, los veo desde aquí, desde la barra del bar donde escribo esto ahora mismo, con mi propio bolígrafo; de mi silla cuelga mi bolso con el mismo paraguas azul dentro, y esa misma chamarra de piel negra; ya que me aguantaron mi mal humor de ese día, les pedí que me acompañaran hoy a ver cómo, de ese shock entre un hartazgo y un objeto rojo del deseo, nació esta obra. y ahora otros la hacen, y otros más vienen a verla, algo mojados.


Solo porque hoy llueve, es que les cuento esto.

HUMEDAD. De Bárbara Colio. Teatro Helénico. Mayo 24, 2019. Con Irene Azuela, Pedro de Tavira, Dirección: Matías Gorlero.

 

Posdata: hoy, julio 2022, estuve en una junta donde supe que HUMEDAD volverá a mojarme en mi tierra. Y, al salir de la junta, una tormenta de lluvia azotó la ciudad...




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