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Bárbara Colio

dramaturga   *   playwright

@Barbaralio

barbaradrama@gmail.com

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La habitación de Bárbara Colio
Publicado en Revista Próscritos. Madrid, España. Enero 2004.

Por Luis Navarro.

         Este texto dramatiza –y poetiza– la soledad del hombre y la mujer contemporáneos y desvela la relación de esta soledad con las nuevas tecnologías, que ofrecen una falsa sensación de comunicación que no hace sino acentuar la incomunicación. El punto de partida es muy interesante y su desarrollo dramático deslumbrador.

Bárbara Colio, dramaturga mexicana que antes de escribir pasó por la interpretación, la dirección y la producción escénica –lo que hubo de proporcionarle el bagaje dramático que se aprecia en este libreto– obtuvo conLa habitación el Premio Estatal de Literatura, en la categoría de Teatro que se otorga en Mexicali, su lugar de nacimiento. Ignoramos el prestigio de este premio y desconocemos las competidoras de la obra, pero el jurado de aquel galardón tuvo la suerte de toparse con un manuscrito que ya quisieran para sí muchas convocatorias de premios nacionales e internacionales. Este libreto es puro teatro, arriesgado, original y emocionante.

La autora ha elegido una estructura dramática bastante compleja, difícil de trasladar a la escena y sin embargo tan visual que mientras se lee el texto se está viendo inevitablemente su representación. La estructura, como decimos, es muy elaborada y ofrece mucho juego a un director de escena, ya que presenta múltiples espacios que se podrían dividir en dos bloques. En uno de ellos aparece un supermercado, una comisaría o un portal en la calle, según la escena; en el otro, el más interesante, se muestran dos habitaciones superpuestas en un único espacio escénico. Y digo superpuestas, no separadas por una especie de muro imaginario o con otro tipo de disposición doble. Las habitaciones se han fundido y en ellas se encuentran dos personajes, él y ella: él observa a través de una pantalla de ordenador lo que hace ella delante de una webcam. Ambos dialogan, pero sin escucharse mutuamente. De hecho, él la ve y escucha a ella a través del ordenador pero ella tan sólo supone que él está ahí porque figura una persona conectada a su cámara. Ambos sufren la soledad, se hablan, intentan conocerse; pero las circunstancias que suceden en el otro bloque de escenas les impide el contacto y confirma la incomunicación que en realidad se hace patente. Cada escena está construida a la perfección y qué decir del lenguaje: con una tendencia al laconismo y unas frases sin excesivo contenido se está cargando el conflicto de significado al mismo tiempo que se da una pátina poética a la acción.

Todo es perfecto menos la escena novena. En ella se materializa uno de los momentos clave de la obra, que ha sucedido al principio de la misma y del que hemos sabido casi todo de manera indirecta. Todo es deliciosamente indirecto en esta obra y, aunque hace falta saber un par de datos esenciales para la comprensión global del conflicto, no parece que la exposición directa de ese momento fuera la solución adecuada en comparación con el resto de la acción. Era difícil de resolver dramáticamente esta situación y la autora ha elegido una opción que en absoluto supone una estridencia con el conjunto, pero que nos habría rendido a sus pies si la hubiera resuelto de otro modo, en coherencia con la sutilidad y tangencialidad de todo lo demás. Quede claro, de todos modos, que esto último es un juicio que no desluce el drama, de una hondura y una solidez apabullantes.

El autor del breve prólogo que acompaña al texto, además de dos acertadas reflexiones sobre la universalidad del texto –aunque la autora viva en la frontera con los Estados Unidos, no se ve obligada a hablar de los espaldas mojadas– y el hecho de que Bárbara Colio no se entregue a los pretendidos temas de una literatura femenina, destaca la dificultad que supone conseguir los textos publicados de esta dramaturga y otros como ella. Lo dice desde el mismo México, así que más extraño es aún que nosotros lo hayamos encontrado en una librería teatral de Madrid. No podemos sino agradecer sinceramente a esa librería –que nos tiene acostumbrados a las joyas editoriales– que nos haya hecho gozar con esta obra, proveniente además de una geografía literaria, la latinoamericana, de cuyo teatro apenas sabemos en España.